“Enterramos dólares y le damos un 30% de la cosecha al Estado”. Esta contundente afirmación de Verónica Ballario, ingeniera agrónoma y socia de Caytiba SA, refleja la realidad del campo argentino. La empresa familiar, que se remonta a su bisabuelo inmigrante, abarca 4100 hectáreas en el sudeste cordobés, donde la agricultura y la ganadería coexisten.
Ballario, quien ha estado al frente del negocio desde 1997, señala que, a pesar de las mejoras económicas que han traído la reducción de retenciones, la rentabilidad sigue siendo un desafío. “Es mejor que en años anteriores”, destaca, pero aclara que eso no garantiza que la producción sea rentable.
Un modelo productivo en evolución
La producción se basa en la siembra directa y la rotación de cultivos, incluyendo maíz, soja y trigo. En esta región, la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid) ha implementado diversos esquemas de rotación para maximizar la productividad. Estos modelos van desde un ciclo tradicional de tres años hasta alternativas más intensivas que buscan optimizar los recursos.
Además, la empresa lleva a cabo ensayos con diferentes variedades de trigo y participa en la Red de Biológicos de Aapresid, aunque los resultados hasta ahora han sido calificados como “erráticos”.
Desafíos intergeneracionales en el campo
Uno de los aspectos que preocupa a Ballario es la brecha generacional en la adopción de nuevas tecnologías. Ella y su sobrino Gerónimo, que representan la cuarta generación familiar, enfrentan el reto de integrar innovaciones en un entorno donde la experiencia y el miedo a los fracasos acumulados pueden influir en la toma de decisiones.
“Trabajamos con un montón de miedos”, reconoce Ballario, aludiendo a la complejidad de operar en un sector donde el clima, el mercado y la dinámica familiar juegan un papel crucial en cada elección. La cultura del miedo, dice, es un legado difícil de desarmar, pero es esencial equilibrarla con la experiencia para fomentar nuevas decisiones.
Fuente: Info Campo










