El sector yerbatero se encuentra inmerso en una de las crisis más severas de su historia reciente, afectando gravemente la economía de miles de familias agricultoras. La situación se ha complicado aún más tras la desregulación del Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM), medida impulsada por el gobierno actual, que eliminó la capacidad del organismo para establecer precios mínimos de referencia.
Según informes, la cosecha acumulada en 2026 presenta una caída interanual superior al 5%. Miles de pequeños agricultores enfrentan deudas y, en algunos casos, se ven obligados a migrar temporalmente a países vecinos para sobrevivir. A pesar de estas dificultades, las autoridades defienden el modelo de libre mercado, argumentando una disminución en los precios al consumidor y un aumento en las exportaciones.
Julio Petterson, presidente de la asociación civil de productores yerbateros del norte ACPYN, ofreció un diagnóstico preocupante sobre la rentabilidad del sector. Aseguró que las condiciones actuales obligan a los productores a operar por debajo de los costos reales de producción, en un contexto marcado por la inflación y el aumento de los precios de los combustibles.
Petterson explicó que, para cubrir los costos de producción, el precio de un kilo de hoja verde debería ser de al menos 630 a 640 pesos. Sin embargo, el precio actual se encuentra entre 230 y 280 pesos, lo que genera una brecha insostenible para el eslabón primario de la cadena productiva. Esta situación ha llevado al sector a operar a pérdida, lo que puede resultar en la desaparición de muchos productores.
El impacto del Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) 2370 ha sido calificado por Petterson como un «certificado de defunción» para los productores primarios, ya que los costos de producción reales superan lo que el mercado paga. Además, los plazos de pago se han extendido hasta 120 días, aumentando el número de cheques rechazados y comprometiendo la liquidez de los agricultores.
El presidente de ACPYN también destacó que los únicos beneficiados son los grandes molinos y acopiadores, quienes concentran el negocio y se quedan con las diferencias de precios. En contraste, las 50.000 familias productoras ven cómo su trabajo se traduce en migajas en comparación con las exportaciones millonarias que se generan.
Finalmente, Petterson subrayó que, a pesar de los buenos márgenes de rentabilidad global en el consumo interno y la exportación, este éxito no se refleja en el precio que reciben los agricultores. En muchos sectores vulnerables, la yerba mate se ha convertido en un sustituto de alimentos, ayudando a mitigar el hambre, aunque a expensas de la rentabilidad de los productores.
Fuente: NA










