Cada 15 de agosto, la Iglesia Católica celebra el Día de la Asunción de la Santísima Virgen, un evento que honra la historia de la Virgen María y uno de los pasajes más significativos del catolicismo. Esta festividad fue establecida en 1950 por el Papa Pío XII y conmemora el ascenso del cuerpo y alma de María al cielo, simbolizando esperanza y fe para los creyentes.
La historia detrás de esta celebración se remonta a 1849, cuando un grupo de devotos solicitó a la Santa Sede que se reconociera la Asunción de la Virgen como una doctrina de fe. Años después, el 1 de noviembre de 1950, el Papa Pío XII respondió a esta demanda mediante la constitución apostólica Munificentissimus Deus, estableciendo este evento como un nuevo dogma de la fe: «Pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado; que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste».
La celebración busca subrayar la voluntad de Dios al elevar a María, mostrando su conexión con los creyentes. Esto convierte a la Virgen en una figura accesible, simbolizando la transición de la vida terrenal hacia el descanso eterno en el cielo. Para muchos fieles, este relato es un motivo de esperanza, ofreciendo la perspectiva de una continuidad existencial que trasciende la comprensión humana.
En este día especial, los creyentes también pueden recurrir a la oración a la Virgen de la Asunción para solicitar su ayuda:
«Alégrate y gózate, Hija de Jerusalén, mira a tu Rey que viene a ti, humilde, a darte tu parte en su victoria. Eres la primera de los redimidos porque fuiste la adelantada de la fe. Hoy, tu Hijo, te viene a buscar, Virgen y Madre: ‘Ven amada mía’, te pondré sobre mi trono, prendado está el Rey de tu belleza…»
Esta oración, que resalta la figura materna y redentora de María, es un llamado a la esperanza y a la fe en la obra divina, constituyendo un momento de reflexión y conexión para los católicos en todo el mundo.
Fuente: La Nación










