De golpe cuatro mil fueron y sonaron más que los 70 mil que coparon el Maracaná para ver a Vasco da Gama liquidar la serie contra Boca. De golpe, los 10 compañeros de Leandro Paredes asistieron en carne propia a una verdadera demostración de cómo sacar chapa de ídolo. De golpe, este Boca que tanto sufrió en el pasado reciente se recibió de equipo copero, aún a falta de un título. Porque jugó con convicción de punta a punta y ni la adversidad del descuento parcial en el magnífico 3-1 que logró en Río de Janeiro para ganar y pasar -sin necesitar de los penales- a la final de la Copa Sudamericana. Aunque eso es parte del futuro. Y está lejos de la comprensión para los que llegaron hasta Brasil en busca del milagro y para todos los que lo vivieron desde cada rincón del mundo.
Se jugaban 43 minutos del complemento y Arruabarrena había mandado a la cancha cambios para no resignar la chance de ganar en los 90′. Y de todos los pecados que pudo cometer el local, en ese instante en el que Milton Delgado jugó con el capitán renacido (que había cumplido hasta ahí con su desafío de jugar aún desgarrado… pero poco más), para que se perfile, aproveche el espacio que le dieron los rivales y dispare. Fue el gol de su vida, sin necesidad de buscar mucho. Y valió cada gota de sudor y de las dudas sobre su real condición física.
El partido, como no pasó en la ida, fue todo de Boca. Arruabarrena corrigió el principal error del martes pasado tocando dos teclas que resolvieron muchos de los problemas de la ida. Todos surgidos en el mediocampo, todos a partir de la ausencia del corazón de esa zona de la cancha. Su líder, Leandro Paredes. Y ahí está el mérito mayor del DT, que consiguió resultados sin tener que acudir a su capitán maltrecho, sino cambiando a su reemplazante en la Bombonera (Williams Alarcón) por un Rodrigo Battaglia -que aportó algo más parecido en cuanto a posicionamiento y voz de mando- y a Carlos Palacios por Sebastián Villa, pero con el compromiso previo de asumir un rol en la marca que fue la diferencia más importante de un partido a otro.
Boca entró metido en el partido y Vasco se confundió con el ambiente y salió a jugar fuerte, tanto que con el córner que abrió el partido a los tres minutos ( un cabezazo espléndido de Lautaro Di Lollo cambiando el palo a la trayectoria que traía el centro de su tocayo Blanco), el Xeneize estaba cobrando su tercera pelota parada del partido. Las dos anteriores, por fuertes faltas contra Lozano y Villa. Enseguida tuvo el segundo, pero a Flores le taparon el tiro.
El partido se puso frenético, y el retroceso de la visita sufrió en el primer cuarto de hora, hasta que -después de alguna duda inicial- Jagger Herrera fue decidido a trabar en un cruce y contagió esa sensación de tranquilidad que se advierte cuando una figura fuerte dice presente. También por esos instantes se estaba cumpliendo la inevitable franja de partido de visitante en Brasil, en la cual el asedio del local da paso a un nuevo comienzo sin tanta opresión.
Entonces Boca volvió a ver que la cosa le era favorable, que hasta podía usar el contexto como peso propio jugando con la desesperación de un Maracaná que no encontraba cómo doblegarlo. Lo tuvo Villa, que quedó mano a mano y tardó al intentar acomodarse. Del rebote -de tan fuerte que resultó- lo tuvo Vasco de contra. Y en la misma jugada, símbolo de lo perdido que estaba el local, una pelota suelta le sirvió al propio Villa para darle una asistencia precisa a Merentiel, quien se acomodó y definió sin ponerse nervioso para poner el 2-0 y la ventaja en la serie para el equipo que llegaba abajo en el global.
Con los centrales firmes, los laterales bien apoyados en extremos que ayudaron (aún con Flores mostrando dificultades en esa faceta), con Ascacibar y Delgado dando la vida por todos y el uno por el otro, Boca transitó todo el partido menos los minutos posteriores al descuento del uruguayo Rodríguez -tras un triple error de marca, mal despeje y desatención- que inevitablemente parecía torcer la serie en su contra.
Hasta que apareció el capitán. Y dejó a todos con la boca abierta. De sorpresa, de grito, de emoción. Boca se llevó otra serie de Brasil, como hace un mes en San Pablo. Y sigue vivo en todos los frentes. Y sueña. Y tiene con qué. Sobre todo, tiene a Paredes: su bandera y -desde esta noche en el Maracaná- su superhéroe indestructible.










